Iván Candeo en REESCRITURA

Galeria Casa sin Fin, Madrid

 

Iván Candeo presenta su video “23 de Enero” en “Reescritura“, junto a Luis Guerra (Chile, 1974) y Pablo Katchadjian(Buenos Aires, 1977) en la galería Casa sin fin en Madrid.

Iván Candeo, Luis Guerra, Pablo Katchadjian

 

 

 

REESCRITURA

Madrid, 26/11/2012 – 13/01/2013

“Esto es un espejo, usted es una frase escrita”, se lee en una famosa obra de Luis Camnitzer. El elaborado juego de transformaciones que se despliega a partir del enfrentamiento entre el espectador y aquel sencillo letrero, sintetiza con admirable economía una larga historia, toda una tradición de la reescritura en la cultura de América Latina. Esa tradición, sin embargo, ha conocido tantas mutaciones que lo más justo sería hablar, no de un concepto único y cerrado sobre sí mismo que navega mansamente a lo largo del tiempo, sino de una serie de mecanismos de lectura/escritura que producen unos efectos históricos determinados.
Un rastreo de dichos efectos podría abarcar desde las traumáticas imposiciones coloniales de los mapas sobre los territorios conquistados, hasta las diversas concepciones urbanísticas de nuestras ciudades letradas –marcadas por las tensiones entre la réplica y la ruptura, entre lo originario y lo original, entre la conmemoración y la entropía, entre el monumento y el non-site–, pasando por los incontables ejercicios de apropiación entre las muchas culturas y mentalidades que, aún hoy, siguen encontrándose en el continente. Lo cierto es que la reescritura ocupa un lugar prominente en nuestra cultura. Sus consecuencias se dejan sentir una y otra vez, en ocasiones como enfermedad postcolonial, como complejo cultural que pone en escena el fallido laboratorio de todas las ficciones occidentales, ese espacio donde síntoma y repetición son la misma cosa.
Otras veces, sin embargo, la reescritura se presenta como un sistema de sanación que, en palabras del antropólogo Michael Taussig, nos permite ahuyentar a los malos espíritus mediante la elaboración de su retrato. La reescritura se transforma, por tanto, en un aparato mimético que, como el espejo reescrito de Camnitzer, desestabiliza los puntos de vista más sólidos, crea bucles de incertidumbre epistemológica y da lugar a saltos, borrados y sustituciones del sentido. La salud, podríamos decir, está en el peligro; un peligro ontológico que hace de la identidad, no un refugio metafísico, sino una aventura incesante. Del mismo modo, la posibilidad de lo nuevo sólo se abre a partir de la antropofagia de lo viejo, la tradición aparece como lo nuevo que por fin revive y ocurre por primera vez en cada repetición.
Como se ha indicado en más de una ocasión, la obra de Jorge Luis Borges marca un punto de inflexión en esta toma de conciencia acerca de los poderes miméticos de la reescritura. Después de Borges, la copia, el plagio o la parodia –todos ellos instancias de la reescritura–, pasan a ser instrumentos con los que el lector se empodera y es capaz de intervenir en la construcción de los relatos, cuestionando de paso el lugar de subalternidad en las jerarquías culturales. En ese sentido, para los artistas latinoamericanos, por fuerza tan borgeanos como duchampianos, los procedimientos de la reescritura constituyen una particular forma de aproximación a las paradojas de la historia y el reparto de roles en los intercambios culturales.