Sana soledad, sana oscuridad: la Casa de luz de Suwon Lee. Texto de Gris Arveláez

Texto de Gris Arveláez sobre la exposición “La casa de Luz” de Suwon Lee

 

Sana soledad, sana oscuridad: la Casa de luz de Suwon Lee

 

“En el tejido siempre en devenir de la experiencia, nada es exclusivamente activo o pasivo, nada es solo causa o efecto”

Alfredo Chacón, Ser al decir, p. 34

I

Espacio exterior

Hay obras de arte que generan sensaciones similares a las que se experimentan cuando se está ante un fenómeno natural o ante cierto momento: conmoción o terror, dolor o fascinación, escalofríos y/o rechazo; el caso es que si esa sensación crispa la piel, sin duda, quedará prendada a la memoria. Con la fotografía de la caraqueña Suwon Lee (1977) se reviven y reconocen instancias y emociones parecidas, susceptibles de quedarse adheridas al recuerdo.

Sus geniales fotografías –porque no cabe duda que en su mayoría son geniales, entre ellas las exhibidas en Casa de luz, de la galería Oficina # 1–, poseen como columna vertebral la siguiente pregunta –la cual suscita miles de respuestas tentativas que varían según quien las mire–: ¿cómo, a través de una obra de arte, podemos emprender viajes personales, inesperados, porque parten de espacios exteriores, y desembocar en espectros íntimos conectando con el ser?

Ver este cuerpo de trabajo, que hoy reúne más de una década de trayectoria, consiste en darse un recorrido visual que toca venas de la vida misma y, en ese camino, el lugar de enunciación que adoptamos los espectadores es el esencial, uno que nos acompaña en el cotidiano: el de ser humano. De esta manera las fotos de Lee, quien se formó como fotógrafa en París, en España bajo la tutela del alemán Axel Hütte y en nuestro país con Nelson Garrido, nos conectan a dos realidades: por un lado, nos convierte en pequeñas semillas integrantes de espacios naturales y de firmamentos, y por el otro, nos vincula con momentos meditativos que despiertan el alma, que encienden la luz de cada ser.

Esa casa que reside en su obra puede asociarse con el alma en tanto espacio íntimo, privado, en donde el ideal es escucharse a sí mismo. Meditación. Introyección. Casa de luz propuso un recorrido que partió de lo universal, lo amplio y lo exterior, hasta llegar a lo más íntimo y personal, sin dejar de lado todo lo posible en medio de ese tránsito.

Otro hilo discursivo que se observa en el conjunto fotográfico de Suwon Lee es ese despunte de espacios infinitos en obras paisajistas, las cuales sin necesidad de telescopios ni de retoques digitales, vislumbran enormes luces destellantes: son el fruto de una condición imperiosa de la artista de perseguir y atrapar determinados momentos. Ha ido a varios lugares del mundo como Santa Cruz de la Palma, Perú, Brasil, y a cada recoveco venezolano, para pulsar varios clicks a las 4 a.m., por ejemplo, hasta lograr su cometido. Se traslada, persigue y fotografía. El resultado: composiciones que brillan y juegan con claroscuros a partir de un espacio exterior difícilmente ubicable en la geografía. Suwon es, además, especie de protectora y protegida de estos momentos mediante su arte. Hablar con ella implica darse cuenta de que estos paisajes la llamaron: ha necesitado captar un escenario, un momento, para traérnoslo en forma de imagen fotográfica.

 

II

Espacio interior

En ocasiones surge el impulso de hablar con el artista y preguntarle los porqués. Un impulso que tiene por vestimenta lo innecesario cuando la obra habla por sí misma, y éste es el caso. Sin embargo, traigo conmigo el testimonio artístico, el de Suwon, que evidencia un propósito inicial: esta propuesta fotográfica se preocupa por desentrañar los entresijos de la imaginación y los del alma. Y entonces, sin duda, se puede decir que Casa de Luz es una propuesta más personalista, y no en el sentido de que se trate de una introyección artística per se, sino que más bien se interesa por los distintos estados perceptibles en las experiencias del “otro”. Estos temas los trabaja con imágenes sutiles, que no son desgarradas: no hay intención de negar, de refutar, ni de fijar alguna postura, sino más bien de acercarse a la observación sobre los cómo, los dónde, los cuándo, sobre las experiencias.

Lee, quien fue merecedora en 2010 del Premio a Artista Emergente otorgado por Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA)­ Capítulo Venezuela, ofrece un tejido de singularidades humanas. Por ejemplo, en Nowhere to go vemos a una mujer en su carro, en un estacionamiento totalmente vacío. Ella mira a través de su ventana y pareciera estar añorando algo. Abatimiento. Frustración. Viste bien: es elegante, su cabello está perfectamente peinado, lleva un maquillaje sugerente y cuidado. No sobreexpone nada, ni siquiera su condición social, y tampoco la niega. Pero la mirada se nos regresa al rostro de esta mujer asiática pues desluce en tristeza y desconsuelo. El carro, además, es otro elemento visual portador de contenidos: es moderno, tamaño familiar, lo cual nos da luces acerca de las condiciones económicas que rodean al personaje. Ella es alguien de la modernidad, y el abatimiento muy probablemente provenga de problemas típicos de este mundo moderno y globalizado. La artista refuerza la deducción y explica que esta fotografía surgió a partir del relato que le hizo una amiga coreana acerca de la soledad que viven los inmigrantes en nuestro país. Le cuenta que estas mujeres, al no tener familia y al tiempo que desconocen todo (ciudad, idioma, cotidianidad), sienten temor ante la soledad que les rodea. Cuando tienen un problema con sus maridos, el único resguardo y consuelo posible es la soledad que les brinda el espacio privado de sus carros. Allí lloran. Y aunque este es el móvil que ha dado vida a la fotografía, es una imagen universal: ¿quién no ha ido a su carro a llorar o a hablar/resolver problemas de pareja? La escena remite a soledad, y probablemente mi descripción habrá sonado melodramática, pero la creada por Suwon está muy lejos de serlo. No hay desgarro en Nowhere to go ya que la alusión a lo triste es sutil –aunque lo solitario si sea más explícito–. Esta obra nos coloca como espectadores de la desolación, de la separación del ser humano de un espacio exterior que no es el más solícito.

Suwon Lee como fotógrafa se inserta en esa introyección psicológica e incluso se identifica como humana, lo cual se evidencia en La memoria, pieza que se adentra en el tema de la desolación humana pero desde el visor de la vejez. En la imagen vemos a un personaje de edad avanzada que parece desorientado, confundido; su rostro nos dice que no tiene idea adónde se dirige. Viste traje formal, su cabello está afeitado y peinado. Está parado en una acera en medio de la nada y solo lo acompañan dos vallas publicitarias, viejas, oxidadas, que no entendemos ni cómo se mantienen de pie. Detrás, una montaña minada de plantas silvestres, matorrales de ciudad. Se trata de una indagación de la vejez a partir de ese momento en que la razón comienza a velarse, en que se duerme el pensamiento y se olvida quien se debió ser y adónde se irá. Recreación certera y preocupante de la vulnerabilidad de la vejez y de la memoria.

En La familia el mensaje también es directo. Hay crudeza humana pues nos topamos nuevamente con una realidad moderna: el ideal de familia con el cual nos han formado, es decir, el integrado por padre, madre e hijos, posee fronteras cada vez más difusas. Sin decir concretamente si esto es bueno o es malo, Suwon Lee nos lo coloca allí. Así, vemos el reflejo de un grupo familiar en un lago. Ellos están posando, pero ni los rostros ni los cuerpos están definidos. Es el espejismo de una familia ideal, es la representación de una de las tantas fantasías modernas. El escenario no es triste, es un día soleado, colorido y, sin embargo, no aboga por estados ideales sino que nos sitúa en las arenas movedizas de los tiempos actuales: en el caso de esta fotografía viene a representar la imposibilidad de lograr ver el mundo a través de modelos únicos, sobre todo en lo referente a las relaciones, a los afectos, a lo cotidiano, a lo íntimo.

La muestra concluye con la video-instalación Casa de luz, y para verla hay que ingresar a un cuarto oscuro de la galería. En este espacio habita esa casa que arriba mencionábamos. Pareciera ser el corazón del trabajo expositivo que hemos visto, pero sin duda se erige como el alma de este cuerpo de trabajo. La oscuridad no remite a lo tenebroso, ni a lutos, sino más bien a lo propio, a lo íntimo, a la noche sin luna pero que, no obstante, sigue colmada de vida. La obra también se percibe (y se recibe) como una invitación a que el pensamiento esquive las preocupaciones previas. 88 velas van encendiendo paulatinamente, sin prisa, sus flamas como un llamado a neutralizar la mente y es entonces cuando vamos percatándonos de que al fondo se escucha una respiración. La artista ha creado una atmósfera de introyección, de búsqueda y reflexión a partir de la paz interior. Atmósfera íntima, tuya en soledad, mía en soledad, llena de luz en medio de una oscuridad explícita. Sana soledad, sana oscuridad. La muestra es, a fin de cuentas, un recorrido que explora las sinuosidades de lo humano, que sin ser triste ni punzante, va desde lo exterior pasando por situaciones que nos trasladan a un estado anímico neutro, a un estado del ser que puede presentirse ideal. Para Suwon, la obra Casa de luz es un reflejo de la búsqueda de su autoconocimiento a través de la meditación. Una meditación que es como llegar a una casa, a una casa propia y muy personal, a una casa llena de luz que la deja en paz y serena.

—¿Esta casa viene siendo tu propia alma?

—Sí. Y un lugar dentro de cada quien. Es un viaje a lo largo de la vida que refleja ese autoconocimiento y ese llegar a nuestro propio ser.

Suwon Lee practica meditación tántrica, pero el tema manejado en la muestra no lo relaciona con alguna religión específica, ni con nada cercano a supersticiones. La obra tampoco debe asociarse a prácticas de fe, sino más bien a aquellas experiencias que tienen que ver con las infinitas posibilidades del ser humano de conectarse con su interior, con el autoconocimiento.

 

 

Grisel Arveláez P.

Diciembre, 2014